30 pesos de fiambre

Era jueves y como siempre en una ciudad grande, la gente corría sin saber bien del todo el porqué. Aguardaba mi turno en el maxi-kiosco soportando en mis espaldas un sol demasiado agresivo por ser las diez y media de la mañana, y, al principio, no note su presencia, y es que, siendo sincero, pongo mi cerebro en “automático” cada vez que tengo que aguardar en algún lugar ya que es una de las cosas que más detesto. Como decía, no lo note al principio, pero aquel hombre tenía particularidades que “pedían” ser vistas, en aquel momento, cuando detrás suyo y en el fondo de la escena pasaban los colectivos, algunas personas esperaban en la parada, otros iban y venían, autos y más autos y la vida corriendo, yéndose, mientras aquel hombre con la cara más triste de la mañana, hacia quizás su única compra del día. 

Tenía los ojos rojos por desesperación, y podrás decir: “¿Ojos rojos? ¿A las diez de la mañana? Y claramente en un hombre de presencia desalineada y con ropa que si no es sucia es muy vieja… entonces… ¡Esta Borracho!”. Pero no señor, se distinguir muy bien el rojo en los ojos, hay ojos rojos por bronca, por dolor y por tristeza y así los tenía ese hombre. En su piel había tanto sol cómo es posible absorber en el trabajo casi esclavo y en muchos años de mala suerte, indiferencia y gobiernos aplastantes, era una piel que parecía doler y el pequeño equilibrio que su cuerpo reflejaba era tan frágil como las barbas de una pluma que el viento arrastra. 
Sus ojos, desorbitados, parecían buscar en ese momento como desde siempre una explicación, aunque se hubieran contentado con una ayuda o una salida por puro esfuerzo de todo aquello que lo abatía. 
          –    ¿Fiambre tenes? – le preguntó al quiosquero.
          –    Si.
          –    Dame treinta pesos. 
¿¡Treinta pesos!? Pero eso son, cuatro o cinco fetas de fiambre, ¡no puede una persona comer con eso! Allí radica todo el poder económico de este hombre, todo su sufrimiento. 
Agarró la bolsita con el poco fiambre que pudo comprar, y subió a su bicicleta con el asientito para niños en el porta equipaje, lento se fue alejando y encarando para el lado de las vías, esa zona que todos llaman “villa miseria”, “llena de negros” y que pocos se atreven a ingresar por temor. Y yo me pregunto ¿habrá comido esa noche el niño que este hombre triste se desvive por alimentar?

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